“LA CASA NO TIENE FORMA APARENTE PERO ES CONCRETA”
Para el verano del 2007, habíamos decidido tomarnos unas muy burguesas vacaciones familiares en la Costa Atlántica Argentina. Queríamos disfrutar del bosque y de una playa cercana. Nada muy distinto a las ambiciones de cualquier familia de clase media porteña. Cariló, estaba fuera de nuestro alcance; a Pinamar, le teníamos mucho prejuicio (vaya uno a saber porqué); en Villa Gesell había mucha gente y demasiado joven, con lo que otra vez nuestras opciones se limitaban a Mar de las Pampas o a su más modesto alter ego, Mar Azul.
Las casa en el bosque
En la primera, las casas para alquilar que estaban a nuestro alcance tenían forma de casas. Todas de un lenguaje muy domestico, con piedras y troncos de otros bosques, techos de pendientes pronunciadas, para evitar la acumulación de las nieves eternas de la costa atlántica Argentina, y en sus interiores, similares en su distribución y materialización a cualquier departamento de Capital. En general las ventanas eran chicas y desde el interior el bosque solo era un recuerdo cercano. La los natural era mayormente eléctrica.
Las casas de Mar de las Pampas son afirmativas y consientes de su propia corporeidad. Son objetos en el bosque. Las casas de mar de las Pampas nos remiten al repertorio compositivo arquitectónico (en general mal utilizado). Las formas de estas casas nos enajenan del lugar. El bosque es casi un inconveniente. Estas casas hablan y cuando lo hacen apelan al goce de lo cálido, lo hogareño, lo familiar, lo conocido. Las casas son seguras, y antes de entrar, ya se sabe como son y que se espera de ellas.
El bosque en a casa
Cuando descubrimos la Casa Mar Azul, y averiguamos el precio, nos pareció que estaba al alcance de nuestro presupuesto y pretensiones estéticas (cercanas al cliché de los arquitectos), decidimos alquilarla. Pero las tan ansiadas vacaciones, se postergaron por un año, ya que a ultio momento por problemas laborales, tuvimos que quedarnos en Buenos Aires. Finalmente, al año siguiente, pudimos habitar la casa. Hoy a casi un año de esas vacaciones, tengo la distancia suficiente para poder pensarla.
Lo que recuerdo de la casa de Mar Azul tiene que ver con todo lo que no es. La casa no tiene forma aparente pero es concreta. Pero esta informalidad no es arbitraria sino consiente y meditada. No recuerdo exactamente su aspecto, no puedo dibujarla desde mi memoria, pero lo que trasciende en mi son sus efectos[1].
La Casa Mar Azul no es domestica, pero sí tiene escala humana. La casa no se impone, sino que es un resultado de alguna negociación desconocida. La casa no es acción sino reacción a factores externos. No se parece a nada pero no deja de ser una casa. La casa de Mar Azul, no es de madera, pero está hecha con, y se nota y se siente. La casa no nos remite a otra cosa que no sea el bosque. Es así que la casa no tiene ventanas en los términos culturales del lenguaje arquitectónico, sino vanos y ausencias que incorporan el bosque, lo enmarcan y lo iluminan. La casa de Mar Azul, también tiene un texto (como toda buena arquitectura) pero a diferencia del goce interior de las de Mar de las Pampas, apela al placer[2] de la relación con el exterior, de la luz, y a la textura de la madera que no está. Esta casa no utiliza la herramienta del lenguaje como distribuidor del placer. El placer viene del cuerpo, y es facilitado por la casa.
La casa de Mar Azul no es segura. No en el sentido delictivo de la palabra sino en el sensorial. No sabemos que esperar de ella y muchas veces nos sorprendió con placeres diversos. En ese sentido, no depende de sí misma, sino del cuerpo del observador en relación con su entorno.
La casa de Mar Azul, no parece imaginada o inventada con una idea y un partido arquitectónico, sino acordada con todo lo que lo rodea. El resultado formal es producto de esa negociación con la pendiente del terreno, con la luz natural en el baño, con la aceptación o contraposición según el caso de la verticalidad del bosque, y con las limitaciones éticas, ambientales y económicas en cuanto a la utilización de los materiales.
Ahora bien, y como reflexión sobre lo que acá arriba he escrito, me pregunto si ¿es posible una arquitectura sin lenguaje? Cualquier objeto, por más que trate de evitar el problema de las formas preexistentes, ¿no conforma también un lenguaje? ¿Y este lenguaje es absolutamente nuevo? ¿Es posible creer en una arquitectura sin preexistencia, sin cultura, sin historia, y en consecuencia sin contaminación ideológica? ¿No es inocente creer en el grado cero de la arquitectura? Y en todo caso, ¿qué fecundidad tendría?
El lenguaje arquitectónico como práctica específica de carácter ideológico, a la cual le concierne la producción de símbolos, ¿no es también una herramienta de la crítica arquitectónica -critica desde dentro, critica con más arquitectura-, entendida ésta como herramienta de proyecto? ¿No deberíamos distinguir la reproducción mecánica y mistificadora del lenguaje, de las posturas críticas que posibilitan nuevos horizontes?
¿No es el lenguaje padre, y no hijo del pensamiento?
Cuantas preguntas.
[1] Algunos de estos conceptos fueron inspirados del libro Si_Tesis, de Federico Soriano.
[2] En el sentido que le da a estas palabras, Roland Barthes, en el placer del Texto y Lección inaugural, de la Cátedra de semiología literaria del College de France.